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¿Es el matrimonio obsoleto o pasado de moda?

Vivimos en un tiempo en el que, como todos se dan cuenta, los cambios son la constante de la vida en la mayoría de sus manifestaciones. De ahí que se hable de cosas y productos desechables, que cada vez son más numerosos.

Esa mentalidad o ideología ha tenido sus repercusiones y consecuencias negativas en la sociedad, de manera que la vida a ciertos niveles y bajo ciertas circunstancias también se ha considerado desechable. Inclusive, sabemos que, en términos médicos, el feto que se aborta se lo identifica como un producto y no como una persona. O también en ciertos países y ambientes materialistas y secularizados, la vida de enfermos incurables y de personas muy ancianas se considera inservible, costosa para la sociedad y, por tanto, desechable. Y de ahí la legalización de la eutanasia.

Podríamos decir que esta mentalidad también está influenciando la validez y sentido de ciertas instituciones como son, desafortunadamente, la familia y el por ende el matrimonio.

Por esa razón, en las últimas décadas se ha generalizado el divorcio y las separaciones de los cónyuges a nivel civil y las aplicaciones para declaración de nulidad de los matrimonios a nivel eclesiástico.

Más aún, en ciertos países las nuevas generaciones rehúsan comprometerse en matrimonio y por razón de ventajas e intereses jurídicos sociales se ha inventado le fórmula de “unión de hecho”, que se pueden disolver unilateralmente en cualquier momento ante la autoridad que ratificó su “unión”, pero mientras dura garantiza derechos para la pareja y los hijos y en caso de separación.

En consecuencia, se puede decir que, del punto de vista civil, no sólo el matrimonio sino también la familia se está convirtiendo en una institución obsoleta, trasnochada, que no tiene sentido ni contenido, porque al fin y al cabo -se piensa- los interesados son libres para comprometerse, y no hay por qué recurrir a un documento, que resta espontaneidad a la unión y la condiciona a una normativa jurídica, que, según ellos, es ajena a los sentimientos, intereses y necesidades de la pareja.

La desventaja y perjuicio de esa mentalidad y normativa recae sobre los hijos, pues éstos no se pueden repartir o partir como los electrodomésticos o muebles de la casa, ni se pueden vender para repartir el precio a partes iguales.

Desafortunadamente, esta devaluación del matrimonio y de la familia, como cédula básica de la sociedad humana, va a repercutir en generaciones de hijos traumados, faltos de seguridad y de amor. Las consecuencias de ellos las estamos ya experimentando con el creciente porcentaje de suicidios de jóvenes en países más desarrollados económicamente pero subdesarrollados en valores humanos o que han perdido el sentido e influencia de los mismos.

Sin embargo, esta mentalidad no se puede aplicar al matrimonio cristiano, santificado por el sacramento del matrimonio. La razón contundente la encontramos en el evangelio de san Mateo cuando Cristo responde a unos fariseos que le preguntan si “es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo”.  Y “Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Ellos insistieron: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?” Él les contestó: “Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio”. Los discípulos le replicaron: “Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse». Pero él les dijo: “No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda” (Mt 19, 1-12).

Estas palabras de Jesús nos ponen frente al misterio de la vocación, que viene dotada de “un don”. Un don que confiere la capacidad para entender el sentido y el contenido del matrimonio, como alianza de amor con Dios, con la Iglesia y con la pareja contrayente, pero también confiere la gracia para ser fiel a la misma. Por eso Jesús dice: “no todos entienden esto, sólo los que han recibido ese don”.         

¡Cuánto tenemos que ponderar estas palabras, tanto de parte de los contrayentes como de los ministros de la Iglesia! Nos sugieren una gran labor de discernimiento vocacional por parte de quienes desean recibir el sacramento del matrimonio, ya que, como dice San Pablo, el amor matrimonial es semejante al amor entre Cristo y la Iglesia: “Maridos amen a sus mujeres  como Cristo amó a la Iglesia y se entregó  a sí mismo por ella para consagrarla a Dios” (Ef 5, 25-26). Y puesto que las alianzas de Dios son eternas, así las alianzas hechas en su nombre.

Ser depositarios y testigos de un amor que sea recuerdo y signo del amor de Cristo a la Iglesia, del amar fiel de Dios, supone una madurez espiritual cristiana, que quizá no muchos de nuestros cristianos católicos la tienen para comprometerse con el sacramento del matrimonio.

Esto nos sugiere el gran respeto que este sacramento nos exige y que, por tanto, no puede administrarse o celebrarse con una mentalidad moralista de no vivir en pecado, sino con una mentalidad de seguimiento radical de Cristo en el amor, que lo lleva a la cruz. Y entonces en esta relación se cumplirán sensiblemente las palabras de san Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte (el pecado del egoísmo) a la vida (el amor del Espíritu) porque amamos a los hermanos (como Cristo nos amó a nosotros)” (I Jn 3, 14).

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Autor: Hno. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino

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Enamorados indefinidamente

El amor, como toda realidad humana, tiene su proceso de germinación y de madurez. Desde este punto de vista podríamos hablar de experiencias que se dan en ese proceso y que a veces nos parece que ponen en jaque el matrimonio.

Por ejemplo, ¿es necesario o es normal estar siempre enamorados?

La primera experiencia de amor entre dos personas de sexos opuestos, normalmente en la juventud, es enamorarse. Ese sentimiento que casi todos ustedes han experimentado antes de decidir casarse. Digo casi todos, porque conozco alguna pareja en la que ninguno de ellos se sentía enamorado, pero se querían o simpatizaban de tal forma que pensaron en el matrimonio. También se da el caso de que se enamora una de las partes y la otra simplemente acepta la propuesta de matrimonio.

Yo comparo la etapa del enamoramiento con el florecer del árbol frutal. Hay árboles, como el almendro que se visten de flores antes de que aparezcan los frutos sobre sus ramas. Si las flores no dejaran el lugar a la fruta, ese almendro sería estéril y el dueño no dudaría en cortarlo y reemplazarlo por otro. Así lo dice la historia de la higuera del Evangelio (Lc 13, 6-9).

El enamoramiento sería el primer acto de la historia del matrimonio, como lo describo más en detalle en mi libro Vida Conyugal. Al enamoramiento sigue el compromiso matrimonial, que sabrá traducir ese sentimiento dulce del amor en experiencias de vida, motivadas por el amor y realizadas con amor.

Al valorar la importancia de seguir enamorados a lo largo de los años, habrá que considerar y respetar la sensibilidad afectuosa de cada persona, de cada cónyuge. A veces, la diferencia que se da al respecto entre hombre y mujer causa problemas. El hombre, al evolucionar en su relación amorosa matrimonial, frecuentemente deja de ser romántico y pasa al segundo momento o acto de la historia del matrimonio: el amor práctico. El amor que lo trata de manifestar en la vida: en las relaciones de convivencia, de preocupación por el/la cónyuge, en cuidar fielmente de las necesidades de la familia, en salir juntos al cine, de paseo o de viaje y en la procreación y cuidado atento de los hijos.

Lo que el almendro no puede conseguir: conservar las flores y producir almendras, sí se puede conseguir en el matrimonio, es decir, seguir enamorados durante los años del matrimonio. Pero como en el caso del almendro, si no sucede así, la madurez de ambos cónyuges deberá aprender a valorar los frutos del amor romántico de un tiempo: el amor práctico de cada día, encarnado en la convivencia cariñosa y solícita, fiel y comprensiva, paciente y alegre.

En esta etapa la comprensión mutua debe jugar un papel importante y diario para poder ponerse en el lugar del otro/otra, y tratar de complacerse a veces y de tenerse paciencia en otras ocasiones. Siempre es bueno recordar al respecto el himno de san Pablo a la caridad en su Carta a los Corintios capítulo 13.

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Autor: P. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino

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El reto de la comunicación en la pareja

Recuerdo a aquella amiga que un día vino a mi oficina parroquial y me contaba que ya estaba cansada del silencio de su marido. Recordé entonces que ella me había contado anteriormente que una de las razones por las que se había casado con él había sido que ella era muy expresiva y platicadora y él era muy callado. Entonces le comenté: ¿no era eso lo que tú querías? Sí, padre, –me respondió- pero ya me cansé de mis monólogos.

A parte de que una parte sea muy expresiva o la otra no, a cierta edad y después de un número de años, esto es bastante común y en algunos casos, no sé si muchos, la solución recurrida es separarse o divorciarse con la excusa de que “no tenemos nada que platicar”.

Recuerdo también al respecto aquella visita que, acompañando a mi padre, hicimos a la familia de unos parientes, cuando yo era un adolescente. A su pregunta de “¿cómo están?”, el tío respondió: “solo en compañía”. Durante mucho tiempo me quedé pensando en lo que querría decir mi tío con ese triste lamento; después de mucho tiempo lo entendí porque describe la situación de muchas parejas, llegando a cierta edad, normalmente después de los cuarenta y sentirse solo en compañía de su cónyuge.

¿Qué hacer ante estas situaciones? Creo que son bastante complejas y no servirá la misma respuesta para todas las parejas.

Ante todo, partamos de aclarar de si se trata de comunicación verbal solamente o de toda clase de comunicación, a tal grado que su única comunicación sea vivir en la misma casa. Este caso se puede dar cuando los hijos ya han dejado el hogar y la pareja se queda sola de nuevo como recién casados.

Ante todo, debemos preguntarles si quieren mejorar su comunicación. Si la respuesta es negativa, lo mejor es separarse. Pero si uno de los cónyuges todavía quiere mejorar la comunicación, deberá asesorarse para encontrar las formas y ocasiones en que esta comunicación pueda mejorar o hacer posible de nuevo la relación.

Cuando ambos querrían mejorar la relación y para ello la comunicación, también deberán buscar ayuda externa, porque se supone que todavía entre ellos hay algo que compartir, algo que se añora, algo que anima la relación, pero también alguna barrera que se interpone.

Si la pareja no quiere buscar ayuda psicológica o asesoría matrimonial, entonces ellos pueden ayudarse recurriendo a actividades compartidas, como salir de paseo, ir al cine, ir de excursión, participar en algún cursillo matrimonial o retiro espiritual. Y por supuesto, cuando es una pareja creyente, el frecuentar la iglesia juntos para la Misa dominical  o alguna actividad parroquial, reportará motivaciones espirituales para mejorar su relación y comunicación. Todo ello motivará que tengan temas sobre los que puedan platicar e incluso despertar en ellos sentimientos dormidos.

El punto de partida es siempre si la pareja, o al menos uno de ellos, quiere mejorar la relación y, por tanto, la comunicación. Entonces habrá soluciones que encontrar, porque mientras hay brasas entre las cenizas, se puede provocar el fuego.

 

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Autor: Hno. Jesús Ma. Bezunartea

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¿Qué hacer con los celos en el matrimonio?

Se suele decir que el amor es celoso y se cita la Biblia, que en Antiguo Testamento presenta una imagen de Dios, celoso por su pueblo y celoso del amor de su pueblo Israel.

Los celos son una mezcla de varios sentimientos y creo que son dos los fundamentales: el sentimiento de pertenencia y el sentimiento de dependencia.

Sobre ambos sentimientos podemos decir que hay una dosis de verdad, que es sana, pero ambos sentimientos pueden ser resbalosos y desarrollarse peligrosamente para ambos.

Una persona humana nunca pertenece a otra. En el matrimonio, aunque según el texto bíblico “los dos son una misma carne”, sin embargo como personas nadie puede renunciar a su propia voluntad, nadie puede renunciar a su propia responsabilidad, nadie puede renunciar a su propia libertad, a ser uno mismo.

Dos personas que se unen en matrimonio no se dan mutuamente como se da un regalo en efectivo o en especie, de forma que quien recibe el regalo se haga dueño y pueda disponer de él a su antojo.

Dos personas que contraen matrimonio comparten sus vidas para un proyecto en común, que es su vida conyugal, caracterizada por la comunión de vida en el amor y el respeto y caracterizada por el proyecto común de la procreación y la familia.

Cuando estos puntos están claros, los celos hacia el otro cónyuge no tienen lugar alguno, porque no se entregan el uno al otro ni como regalo ni como propiedad, sino que comparten sus vida para que cada uno –hombre y mujer- puedan realizarse como esposos, tanto en el amor y el intercambio de la vida como en el ideal de ser padres de familia.

Ante el problema de la infidelidad, que sería la razón real para provocar los celos de la parte fiel, no se puede echar mano de la violencia en ninguna de sus formas, pasiva o activa, de palabra o de obra, porque nadie tiene autoridad sobre la otra parte. Ante la infidelidad de uno de los cónyuges, las alternativas son la confrontación y el diálogo para conocer las razones de tal problema, tratar de conquistar el amor de la parte en crisis e infiel, y la oración en común, acompañada del perdón y la reconciliación.

Puede darse el caso de que los celos sean injustificados puesto que uno de los cónyuges se siente inseguro ante la otra parte; entonces quien sufre los celos deberá buscar ayuda externa, tanto para analizar el caso y buscar una opinión neutral sobre el problema, como para encontrar la ayuda directa sobre su experiencia. Hay casos que se pueden controlar pero hay casos que no se pueden controlar, porque se trata de una experiencia patológica, que va más allá de la asesoría e incluso de la medicina. Y en algunos de estos casos últimos si la integridad y la vida de la otra parte están en peligro, habría que recurrir al divorcio o separación, si se trata de un matrimonio civil, o a la separación canónica o la aplicación de declaración de nulidad del sacramento del matrimonio.

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Autor: P. Jesús Ma. Bezunartea

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La comunicación en la pareja

Sin lugar a dudas, podemos afirmar que la comunicación es una gran piedra de tropiezo en un alto porcentaje de matrimonios, pero es el cauce a través del cual fluye el amor y la vida.

Partamos de una breve referencia a las diferentes formas de comunicación, que, además de ser numerosas, reciben un gran reto al tratarse de dos personas tan diferentes como el hombre y la mujer a la hora de comunicarse.

En concreto la comunicación entre dos personas puede comenzar con una mirada, con una palabra o un gesto y tiene dos formas básicas que son la verbal y la no verbal. En distintas etapas de la vida, tratándose del matrimonio, se van sucediendo en importancia una y otra.

En la primera etapa, que incluiría el noviazgo y los primeros 15 años de matrimonio ambas formas pueden fluir con facilidad; sin embargo, en una segunda etapa, la comunicación verbal se va reduciendo drásticamente, sobre todo de parte del hombre. De ambas partes hace falta mucha comprensión, para aceptarse con las diferencias que se van marcando cada vez más.

Es típico el breve diálogo que se da entre ambos: Amor, tenemos que hablar, dice la esposa; y el marido responde: ¿otra vez? ¿de qué? O la esposa pregunta: ¿cómo te fue? Y el marido por toda respuesta dice: bien.

Pero hay otra modalidad de comunicación en la que de una parte o de la otra se escucha: ¿Dónde andabas? ¿Por qué llegaste tan tarde? ¿Qué tanto te dan en la iglesia? ¡Preocúpate más de tus hijos en lugar de quejarte tanto!

Esta pareja necesita tomarse en serio mutuamente y quizá buscar ayuda, sea a través de una asesoría de pareja o través de alguna vivencia como un retiro para matrimonios, un encuentro matrimonial, un viaje juntos de unos días, unas vacaciones, etc.

El amor como todo lo humano necesita activarse o renovarse. Todos somos conscientes de que un dolor desconocido puede ser una llamada de atención sobre todo a partir de los 35-40 años, que requiere una revisión médica, un chequeo, como decimos comúnmente. De la misma forma, hay que ser sensible ante ciertas actitudes de pareja que denotan coraje, enfado, cansancio, malestar, incomprensión, y que pueden estar apagando la llama o el calor del amor.

Hay quien dice que el matrimonio no tiene sentido cuando se apaga el calor del amor.  Pero, la pregunta es: ¿de verdad se apaga ese calor o es que ya no lo sentimos? ¡Qué fácil se confunde la realidad con el sentimiento! Pasa lo mismo en el orden espiritual religioso. Hay gente que viene diciendo que ha perdido la fe porque no tienen ganas de rezar o de ir a la Iglesia, etc. Pero la fe no es un sentimiento como no lo es el amor; por tanto, si bien el sentimiento es normal en todas nuestras actividades o manifestaciones de vida, no es decisivo para decir “ya no nos amamos” o “ya no tengo fe”.

¿Qué hacer entonces? Escarbar o desescombrar, es decir, quitar obstáculos que impiden sentir el amor. Es como cuando la leña de una hoguera se quema y se quedan las brasas; a veces se echa tierra encima para evitar incendios mientras se consumen las brasas. Así resulta que la falta de comunicación o la comunicación defectuosa de la pareja es como la tierra que impide sentir el calor del amor.

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Autor: Hno. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino

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¿Existe el matrimonio en plenitud?

Si el matrimonio es vida en el amor y para el amor y el sacramento del matrimonio está diseñado para enriquecer esa vida con el amor de Dios, podemos decir que sí existe el matrimonio en plenitud. El responder afirmativamente nos compromete a describir el cómo llegar a esa plenitud o madurez plena.

De hecho, en el camino del cristiano, nada que sea parte de su vida y de su vocación puede dejarse a un más o menos, que es lo mismo que mediocridad, pues Cristo nos dejó dicho: “sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”. Y si la perfección de Dios la quisiéramos identificar de una forma concreta o con una actitud concreta, ninguna sería más adecuada que el amor, ya que como nos dice san Juan: “Dios es amor”.

Pero todos los que estamos comprometidos en este camino de la perfección cristiana en cualquiera de sus formas –matrimonio, sacerdocio, vida consagrada religiosa, celibato- sabemos que el ideal que un día abrazamos es semejante a una cuesta empinada que nos conduce a la cima del monte. A una cima como a Abraham, que en el monte que le mostró el Señor, llegó a la perfección de la fe al disponerse a sacrificar a su hijo Isaac; a una cima como Elías en el monte Carmelo, en el que desafía a los sacerdotes de Baal y da testimonio de su Dios en circunstancias que ponen en peligro su vida;  a una cima como Jesús en el monte Tabor donde se transfigura prefigurando la gloria de la resurrección; a una cima como Jesús en el monte Calvario, donde se abandonará plenamente en manos de sus verdugos y en los brazos invisibles del Padre, aunque se sienta abandonado.

Sí, precisamente vamos a la cima del monte Calvario porque “no hay mayor amor que dar la vida por el amigo”, dice Jesús a los apóstoles en sus palabras de despedida después de la cena (Jn 15). Y aunque la muerte cruenta de Cristo no señale el final de la vida de todos nosotros, que queremos llegar a la perfección del amor, sí es el símbolo que nos esclarece suficientemente que no puede haber madurez en el amor, y por tanto en el matrimonio, si no hay una disponibilidad para dar la vida por el amado/a, cada día.

San Pablo concluye su himno al amor en su carta a los Corintios diciendo: “El amor todo lo excusa; todo lo cree; todo lo espera; todo lo soporta”. ¿Podríamos decir que aquí están los cuatro clavos con los que cada cónyuge se crucifica en aras de la perfección en el amor? Creo que si vamos a los detalles de la vida matrimonial podemos incluir en estas cuatro experiencias las múltiples ocasiones y circunstancias por las que cada pareja está haciendo su camino hasta la cima del monte, en el que ofrecerse totalmente como Cristo a Dios.

La sociedad secularizada en que se vive, al menos en las grandes urbes de nuestros países católicos, no cree en tal perfección o plenitud de la vida matrimonial; sin embargo, ello no quita nada al ideal de un matrimonio cristiano. Ciertamente es la tentación que muchos matrimonios tendrán que enfrentar; pero ello mismo da valor y actualidad a este ideal, ya que el misterio de Cristo crucificado por amor siempre ha sido un misterio de locura y de insensatez. ¡Qué extraordinaria oportunidad y privilegio para ser testigos del Evangelio de la vida y del amor!

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Autor: Hno. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino