Imagen de Pexels en Pixabay

¿Es el matrimonio obsoleto o pasado de moda?

Vivimos en un tiempo en el que, como todos se dan cuenta, los cambios son la constante de la vida en la mayoría de sus manifestaciones. De ahí que se hable de cosas y productos desechables, que cada vez son más numerosos.

Esa mentalidad o ideología ha tenido sus repercusiones y consecuencias negativas en la sociedad, de manera que la vida a ciertos niveles y bajo ciertas circunstancias también se ha considerado desechable. Inclusive, sabemos que, en términos médicos, el feto que se aborta se lo identifica como un producto y no como una persona. O también en ciertos países y ambientes materialistas y secularizados, la vida de enfermos incurables y de personas muy ancianas se considera inservible, costosa para la sociedad y, por tanto, desechable. Y de ahí la legalización de la eutanasia.

Podríamos decir que esta mentalidad también está influenciando la validez y sentido de ciertas instituciones como son, desafortunadamente, la familia y el por ende el matrimonio.

Por esa razón, en las últimas décadas se ha generalizado el divorcio y las separaciones de los cónyuges a nivel civil y las aplicaciones para declaración de nulidad de los matrimonios a nivel eclesiástico.

Más aún, en ciertos países las nuevas generaciones rehúsan comprometerse en matrimonio y por razón de ventajas e intereses jurídicos sociales se ha inventado le fórmula de “unión de hecho”, que se pueden disolver unilateralmente en cualquier momento ante la autoridad que ratificó su “unión”, pero mientras dura garantiza derechos para la pareja y los hijos y en caso de separación.

En consecuencia, se puede decir que, del punto de vista civil, no sólo el matrimonio sino también la familia se está convirtiendo en una institución obsoleta, trasnochada, que no tiene sentido ni contenido, porque al fin y al cabo -se piensa- los interesados son libres para comprometerse, y no hay por qué recurrir a un documento, que resta espontaneidad a la unión y la condiciona a una normativa jurídica, que, según ellos, es ajena a los sentimientos, intereses y necesidades de la pareja.

La desventaja y perjuicio de esa mentalidad y normativa recae sobre los hijos, pues éstos no se pueden repartir o partir como los electrodomésticos o muebles de la casa, ni se pueden vender para repartir el precio a partes iguales.

Desafortunadamente, esta devaluación del matrimonio y de la familia, como cédula básica de la sociedad humana, va a repercutir en generaciones de hijos traumados, faltos de seguridad y de amor. Las consecuencias de ellos las estamos ya experimentando con el creciente porcentaje de suicidios de jóvenes en países más desarrollados económicamente pero subdesarrollados en valores humanos o que han perdido el sentido e influencia de los mismos.

Sin embargo, esta mentalidad no se puede aplicar al matrimonio cristiano, santificado por el sacramento del matrimonio. La razón contundente la encontramos en el evangelio de san Mateo cuando Cristo responde a unos fariseos que le preguntan si “es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo”.  Y “Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Ellos insistieron: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?” Él les contestó: “Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio”. Los discípulos le replicaron: “Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse». Pero él les dijo: “No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda” (Mt 19, 1-12).

Estas palabras de Jesús nos ponen frente al misterio de la vocación, que viene dotada de “un don”. Un don que confiere la capacidad para entender el sentido y el contenido del matrimonio, como alianza de amor con Dios, con la Iglesia y con la pareja contrayente, pero también confiere la gracia para ser fiel a la misma. Por eso Jesús dice: “no todos entienden esto, sólo los que han recibido ese don”.         

¡Cuánto tenemos que ponderar estas palabras, tanto de parte de los contrayentes como de los ministros de la Iglesia! Nos sugieren una gran labor de discernimiento vocacional por parte de quienes desean recibir el sacramento del matrimonio, ya que, como dice San Pablo, el amor matrimonial es semejante al amor entre Cristo y la Iglesia: “Maridos amen a sus mujeres  como Cristo amó a la Iglesia y se entregó  a sí mismo por ella para consagrarla a Dios” (Ef 5, 25-26). Y puesto que las alianzas de Dios son eternas, así las alianzas hechas en su nombre.

Ser depositarios y testigos de un amor que sea recuerdo y signo del amor de Cristo a la Iglesia, del amar fiel de Dios, supone una madurez espiritual cristiana, que quizá no muchos de nuestros cristianos católicos la tienen para comprometerse con el sacramento del matrimonio.

Esto nos sugiere el gran respeto que este sacramento nos exige y que, por tanto, no puede administrarse o celebrarse con una mentalidad moralista de no vivir en pecado, sino con una mentalidad de seguimiento radical de Cristo en el amor, que lo lleva a la cruz. Y entonces en esta relación se cumplirán sensiblemente las palabras de san Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte (el pecado del egoísmo) a la vida (el amor del Espíritu) porque amamos a los hermanos (como Cristo nos amó a nosotros)” (I Jn 3, 14).

fray-jesus-maria

Autor: Hno. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino

Imagen de Pexels en Pixabay

Enamorados indefinidamente

El amor, como toda realidad humana, tiene su proceso de germinación y de madurez. Desde este punto de vista podríamos hablar de experiencias que se dan en ese proceso y que a veces nos parece que ponen en jaque el matrimonio.

Por ejemplo, ¿es necesario o es normal estar siempre enamorados?

La primera experiencia de amor entre dos personas de sexos opuestos, normalmente en la juventud, es enamorarse. Ese sentimiento que casi todos ustedes han experimentado antes de decidir casarse. Digo casi todos, porque conozco alguna pareja en la que ninguno de ellos se sentía enamorado, pero se querían o simpatizaban de tal forma que pensaron en el matrimonio. También se da el caso de que se enamora una de las partes y la otra simplemente acepta la propuesta de matrimonio.

Yo comparo la etapa del enamoramiento con el florecer del árbol frutal. Hay árboles, como el almendro que se visten de flores antes de que aparezcan los frutos sobre sus ramas. Si las flores no dejaran el lugar a la fruta, ese almendro sería estéril y el dueño no dudaría en cortarlo y reemplazarlo por otro. Así lo dice la historia de la higuera del Evangelio (Lc 13, 6-9).

El enamoramiento sería el primer acto de la historia del matrimonio, como lo describo más en detalle en mi libro Vida Conyugal. Al enamoramiento sigue el compromiso matrimonial, que sabrá traducir ese sentimiento dulce del amor en experiencias de vida, motivadas por el amor y realizadas con amor.

Al valorar la importancia de seguir enamorados a lo largo de los años, habrá que considerar y respetar la sensibilidad afectuosa de cada persona, de cada cónyuge. A veces, la diferencia que se da al respecto entre hombre y mujer causa problemas. El hombre, al evolucionar en su relación amorosa matrimonial, frecuentemente deja de ser romántico y pasa al segundo momento o acto de la historia del matrimonio: el amor práctico. El amor que lo trata de manifestar en la vida: en las relaciones de convivencia, de preocupación por el/la cónyuge, en cuidar fielmente de las necesidades de la familia, en salir juntos al cine, de paseo o de viaje y en la procreación y cuidado atento de los hijos.

Lo que el almendro no puede conseguir: conservar las flores y producir almendras, sí se puede conseguir en el matrimonio, es decir, seguir enamorados durante los años del matrimonio. Pero como en el caso del almendro, si no sucede así, la madurez de ambos cónyuges deberá aprender a valorar los frutos del amor romántico de un tiempo: el amor práctico de cada día, encarnado en la convivencia cariñosa y solícita, fiel y comprensiva, paciente y alegre.

En esta etapa la comprensión mutua debe jugar un papel importante y diario para poder ponerse en el lugar del otro/otra, y tratar de complacerse a veces y de tenerse paciencia en otras ocasiones. Siempre es bueno recordar al respecto el himno de san Pablo a la caridad en su Carta a los Corintios capítulo 13.

fray-jesus-maria

Autor: P. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino

reto_comunicacion

El reto de la comunicación en la pareja

Recuerdo a aquella amiga que un día vino a mi oficina parroquial y me contaba que ya estaba cansada del silencio de su marido. Recordé entonces que ella me había contado anteriormente que una de las razones por las que se había casado con él había sido que ella era muy expresiva y platicadora y él era muy callado. Entonces le comenté: ¿no era eso lo que tú querías? Sí, padre, –me respondió- pero ya me cansé de mis monólogos.

A parte de que una parte sea muy expresiva o la otra no, a cierta edad y después de un número de años, esto es bastante común y en algunos casos, no sé si muchos, la solución recurrida es separarse o divorciarse con la excusa de que “no tenemos nada que platicar”.

Recuerdo también al respecto aquella visita que, acompañando a mi padre, hicimos a la familia de unos parientes, cuando yo era un adolescente. A su pregunta de “¿cómo están?”, el tío respondió: “solo en compañía”. Durante mucho tiempo me quedé pensando en lo que querría decir mi tío con ese triste lamento; después de mucho tiempo lo entendí porque describe la situación de muchas parejas, llegando a cierta edad, normalmente después de los cuarenta y sentirse solo en compañía de su cónyuge.

¿Qué hacer ante estas situaciones? Creo que son bastante complejas y no servirá la misma respuesta para todas las parejas.

Ante todo, partamos de aclarar de si se trata de comunicación verbal solamente o de toda clase de comunicación, a tal grado que su única comunicación sea vivir en la misma casa. Este caso se puede dar cuando los hijos ya han dejado el hogar y la pareja se queda sola de nuevo como recién casados.

Ante todo, debemos preguntarles si quieren mejorar su comunicación. Si la respuesta es negativa, lo mejor es separarse. Pero si uno de los cónyuges todavía quiere mejorar la comunicación, deberá asesorarse para encontrar las formas y ocasiones en que esta comunicación pueda mejorar o hacer posible de nuevo la relación.

Cuando ambos querrían mejorar la relación y para ello la comunicación, también deberán buscar ayuda externa, porque se supone que todavía entre ellos hay algo que compartir, algo que se añora, algo que anima la relación, pero también alguna barrera que se interpone.

Si la pareja no quiere buscar ayuda psicológica o asesoría matrimonial, entonces ellos pueden ayudarse recurriendo a actividades compartidas, como salir de paseo, ir al cine, ir de excursión, participar en algún cursillo matrimonial o retiro espiritual. Y por supuesto, cuando es una pareja creyente, el frecuentar la iglesia juntos para la Misa dominical  o alguna actividad parroquial, reportará motivaciones espirituales para mejorar su relación y comunicación. Todo ello motivará que tengan temas sobre los que puedan platicar e incluso despertar en ellos sentimientos dormidos.

El punto de partida es siempre si la pareja, o al menos uno de ellos, quiere mejorar la relación y, por tanto, la comunicación. Entonces habrá soluciones que encontrar, porque mientras hay brasas entre las cenizas, se puede provocar el fuego.

 

fray-jesus-maria

Autor: Hno. Jesús Ma. Bezunartea

celos-matrimonio

¿Qué hacer con los celos en el matrimonio?

Se suele decir que el amor es celoso y se cita la Biblia, que en Antiguo Testamento presenta una imagen de Dios, celoso por su pueblo y celoso del amor de su pueblo Israel.

Los celos son una mezcla de varios sentimientos y creo que son dos los fundamentales: el sentimiento de pertenencia y el sentimiento de dependencia.

Sobre ambos sentimientos podemos decir que hay una dosis de verdad, que es sana, pero ambos sentimientos pueden ser resbalosos y desarrollarse peligrosamente para ambos.

Una persona humana nunca pertenece a otra. En el matrimonio, aunque según el texto bíblico “los dos son una misma carne”, sin embargo como personas nadie puede renunciar a su propia voluntad, nadie puede renunciar a su propia responsabilidad, nadie puede renunciar a su propia libertad, a ser uno mismo.

Dos personas que se unen en matrimonio no se dan mutuamente como se da un regalo en efectivo o en especie, de forma que quien recibe el regalo se haga dueño y pueda disponer de él a su antojo.

Dos personas que contraen matrimonio comparten sus vidas para un proyecto en común, que es su vida conyugal, caracterizada por la comunión de vida en el amor y el respeto y caracterizada por el proyecto común de la procreación y la familia.

Cuando estos puntos están claros, los celos hacia el otro cónyuge no tienen lugar alguno, porque no se entregan el uno al otro ni como regalo ni como propiedad, sino que comparten sus vida para que cada uno –hombre y mujer- puedan realizarse como esposos, tanto en el amor y el intercambio de la vida como en el ideal de ser padres de familia.

Ante el problema de la infidelidad, que sería la razón real para provocar los celos de la parte fiel, no se puede echar mano de la violencia en ninguna de sus formas, pasiva o activa, de palabra o de obra, porque nadie tiene autoridad sobre la otra parte. Ante la infidelidad de uno de los cónyuges, las alternativas son la confrontación y el diálogo para conocer las razones de tal problema, tratar de conquistar el amor de la parte en crisis e infiel, y la oración en común, acompañada del perdón y la reconciliación.

Puede darse el caso de que los celos sean injustificados puesto que uno de los cónyuges se siente inseguro ante la otra parte; entonces quien sufre los celos deberá buscar ayuda externa, tanto para analizar el caso y buscar una opinión neutral sobre el problema, como para encontrar la ayuda directa sobre su experiencia. Hay casos que se pueden controlar pero hay casos que no se pueden controlar, porque se trata de una experiencia patológica, que va más allá de la asesoría e incluso de la medicina. Y en algunos de estos casos últimos si la integridad y la vida de la otra parte están en peligro, habría que recurrir al divorcio o separación, si se trata de un matrimonio civil, o a la separación canónica o la aplicación de declaración de nulidad del sacramento del matrimonio.

fray-jesus-maria

Autor: P. Jesús Ma. Bezunartea

Angry young couple sitting back to back at home

¿Es el divorcio la solución?

Vivimos en un tiempo en el que buscamos soluciones rápidas y fáciles. Tenemos poca paciencia para sobrellavar penas y para vivir procesos. Por ello mucha gente cree que el divorcio es una solución a ciertos conflictos conyugales. Pero ¿qué significa solución?

Una cirugía puede ser una solución para una enfermedad; un diálogo puede ser una solución para un mal entendido; una disculpa o aceptar la propia culpa en un conflicto puede ser la solución para una relación interpersonal; una llamada por teléfono puede ser una solución para aliviar la soledad de alguien, etc., pero el divorcio en la mayoría de los casos no es una solución sino más bien la puerta falsa hacia una solución, puesto que los conflictos son señales de otros problemas más profundos.

Los conflictos matrimoniales tienen causas internas de parte de ambos cónyuges y cuando no se encuentran esas causas o se evita encontrarlas, porque se está dando alguna experiencia externa, que confunde y orienta erróneamente, se recurre a la separación o al divorcio. El divorcio es una consecuencia no es una solución.

El divorcio puede  ser consecuencia de una mala elección de pareja; puede ser consecuencia de no crecer juntos y no madurar como pareja; puede ser consecuencia de la inmadurez de una parte o de las dos; puede ser consecuencia de la incapacidad de una o de las dos partes de compartir la vida; puede ser consecuencia del ambiente social o familiar en que se vive; puede ser consecuencia de complejos o traumas no superados por una o por ambas partes; puede ser consecuencia de la incapacidad para amar por una o ambas partes; puede ser consecuencia de estar enamorados y no llegar a amarse; puede ser consecuencia de infidelidad por parte de una de las partes, al menos.

Y en todas esas ocasiones el divorcio puede ser una salida que puede evitar males peores, pero no es una solución sino un desenlace lamentable.

Ante los problemas que amenazan con el divorcio, la pareja debe buscar los medios adecuados para superar esos problemas. El primer medio es compartir su situación con alguien que pueda aconsejarlos adecuadamente; después vendrá el comprometerse con las recomendaciones que se les hagan. Aunque una mayoría de las parejas que contraen el matrimonio en la Iglesia, no están preparados para ello, sin embargo, “nunca es tarde cuando la dicha es buena”, dice el refrán castellano; nunca es tarde para luchar por una convivencia conyugal, que pueda satisfacer las aspiraciones de felicidad y de realización como pareja; nunca es tarde para conocer las ventajas espirituales que ofrece el matrimonio como sacramento y estado de vida en la Iglesia.

Querer encontrar en el divorcio una solución es querer salirse por la puerta de atrás, y también supone una baja autoestima como pareja. Por tanto, frente a esa falsa solución que ofrece una sociedad, que huye de los compromisos, hay que oponer resistencia hasta agotar los últimos cartuchos y, por supuesto, pensar en el bien de los hijos, cuando los hay, puesto que ese matrimonio pertenece a toda la familia.

fray-jesus-maria

Autor: P. Jesús Ma. Bezunartea, Ofmcap

signo-amor-cristo

El Signo del amor de Cristo

La manera en que   una pareja sacramentada se ama, es un signo y un reflejo de la forma en que Cristo nos ama a todos nosotros, su Iglesia.

En el transcurso de mi vida han habido personas y parejas que me han movido y que han tenido un significado muy especial para mí.  

Sin embargo, hubo una pareja en especial que me motivó y me impactó   de   forma muy profunda y significativa.   A pesar de todos los desafíos que   llevaban juntos (cerca de 56 años), su amor del uno por el otro se reflejaba todavía en sus gestos y actitudes constantes, en sus cuidados del uno por el otro, en el apoyo   que se brindaban siempre…   y, sobre todo, durante sus enfermedades y tristezas más fuertes.    

Yo veía claramente su amor en sus abrazos y besos cariñosos, en la forma de hablarse y respetarse, aun dentro de sus bromas y risas alegres.

Ella, mi madre, está desde hace varios años en silla de ruedas, con una pierna amputada, y es diabética.

Mi papá sufrió durante sus últimos 4 meses los efectos más patentes y dolorosos de un cáncer que finalmente lo llevó a la tumba.   

Sin embargo, a pesar de todos sus achaques, dolencias y malpasadas, su amor y su dedicación mutua casi no se empañó; al contrario, se hizo cada vez más intensa en su relación de pareja sacramentada.

El verlos así, juntos y cariñosos, me invitaba y me retaba fuertemente a echarle los kilos, a esforzarme por vivir con Tere una relación más comprometida, más profunda y más  llena de amor. 

 Todavía tengo muy vivo su recuerdo.   Me gusta tanto cómo se escuchaban uno al otro y cómo se esforzaban por comunicarse, aunque estuvieran disgustados, o, aunque mi papá se estuviera quedando medio sordo. Me daban ganas de imitarlos, de arriesgarme más a compartir con Tere todas mis tristezas, mis temores y alegrías.

Me atraía mucho (y me atrae ahora más que nunca) su ejemplo a seguir; sobre todo después de ser testigo de aquella tierna escena de despedida, en el lecho de él, mi madre sentada en la orilla de la cama. Imagen muy querida, que llevo bien grabada en mi corazón…Ahí pude ver y palpar el verdadero amor de Cristo hecho toda una hermosa realidad a través del Matrimonio. Pude ver a una pareja sacramentada viva, de carne y hueso…En esas miradas y esas frases tan llenas de amor y de ternura, que ya las quisieran muchos jóvenes enamorados… La blanca cabeza de mi madre entre las grandes y fuertes manos de mi padre, temblorosas de tan viejas y de tan enfermo. Él le decía “¡mira nomás qué bonita te ves con tu pelo tan blanco y brillante!  Te voy a poner un pedestal aquí, cerquita de mí, para estarte viendo todos los días”. Y luego ese abrazo y ese beso tan amoroso, tan dulce, y tan lleno de nostalgia por la ya tan próxima separación, por el adiós definitivo a toda una vida juntos… Mis hermanas, Tere y yo, en un rincón observábamos en silencio, llorando, emocionados, enternecidos y maravillados de tan hermosa demostración de su gran amor. 

Ahí quedó una gran lección de vida para mí. Un inolvidable y hermoso recuerdo. Un reto y una fuerte convicción: Sí se puede.

Sí es posible el Amor de Cristo entre esposos. ¡Sí, el Sacramento del Matrimonio tiene que ser creación de Dios! 

 

Victor Jurado 

Ciudad Juarez, Chihuahua

Revista El Espíritu del Encuentro Mayo-Junio del 2000

oracion

La oración sí es efectiva

Con gran júbilo y esperanza estamos ahora en Monterrey celebrando nuestro 1er Fin de Semana.

¡Qué alegría!, no hace ni 6 meses pedíamos en otro artículo que sus oraciones se uniesen a las nuestras y al esfuerzo que se estaba llevando a cabo.

Y el gran regalo ha llegado, el Señor tiene sus caminos, y Él se vale de muchas cosas para que nos preparemos en lo material, y muy en especial en lo espiritual.

Hoy ha llegado el momento, y con grandes sorpresas, pues entraron en el equipo Fernando y Carmelita López, de nuestra comunidad además participa en el F.D.S. un sacerdote y 2 religiosas y 17 matrimonios, un buen comienzo. Regalo de lujo del Señor.

Todavía no terminamos con las emociones, cuando ya tenemos la fecha para el próximo F de S. y nos hemos preguntado ¿Cuándo nos tocará el Nacional?

La clausura. Increíble todos los hijos con su clavel entraron corriendo y se confundieron con las parejas en medio de su azoro, risas, lágrimas y emoción.

Éramos pocos, claro apenas somos 10 parejas, pero trabajamos con gran entusiasmo y alegría pues como nos dijo el Padre Fernando, ahora que ya nació “el niño”, hay que cuidarlo y todos nos sentimos con la responsabilidad de hacerlo crecer y llevarlo a todo el Estado de Nuevo León y estados vecinos.

Nos sentimos emocionados al ver que nuestro runo es una realidad, y con las nuevas parejas y la oración que se deja sentir pronto seremos un montón.

Con amor,

La Comunidad de Monterrey

rosario

Por qué rezar el Rosario

Hoy más que nunca, en una sociedad acechada por el materialismo, la secularización y tantas otras tentaciones que nos arrastran, necesitamos fortalecernos con la Oración. Siendo la familia la célula de la Iglesia y de la Sociedad, es aquí donde es más importante fomentar la Oración y una de las maneras más sencillas y al alcance de todos es la Oración del Santo Rosario.

Es una Oración plenamente evangélica, ya que del Evangelio toma los misterios que se meditan y “las palabras” que se rezan (El Padrenuestro y el Ave María).

Es una oración que se centra en la Historia de Salvación, a partir del anuncio de la Encarnación hasta los momentos culminantes de la Pascua.

Es una Oración profundamente Cristológica, ya que el protagonista no es María, sino Cristo.

Es una Oración que, además de sus alabanzas y peticiones, incluye un margen notable de contemplación; sin ese clima de meditación, el rosario sería como un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en una mecánica repetición de fórmulas.

Es la Oración por excelencia de la Familia Cristiana, “Iglesia Doméstica” guiados por María, hacia Jesucristo, nuestro único Salvador.

Por otra parte, también rezamos el Rosario, porque necesitamos decirle a nuestra Mamá del Cielo que la queremos mucho. iSÍ!, cuando tú amas a alguien no te cansas de decírselo, ni la persona de escucharlo; a todos nos gusta que nos lo digan, porque es algo maravilloso escucharlo; pues es eso lo que hacemos al repetir tantas veces el Ave María.

A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas de nosotros mismos, a las mujeres más todavía; con las letanías le decimos “piropos” a nuestra Madre María.

¿Y TÚ NO LE QUIERES DECIR CUANTO LA AMAS?

Sor María Dolores

Hermanas Clarisas Capuchinas

Diócesis de Tabasco