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Enamorados indefinidamente

El amor, como toda realidad humana, tiene su proceso de germinación y de madurez. Desde este punto de vista podríamos hablar de experiencias que se dan en ese proceso y que a veces nos parece que ponen en jaque el matrimonio.

Por ejemplo, ¿es necesario o es normal estar siempre enamorados?

La primera experiencia de amor entre dos personas de sexos opuestos, normalmente en la juventud, es enamorarse. Ese sentimiento que casi todos ustedes han experimentado antes de decidir casarse. Digo casi todos, porque conozco alguna pareja en la que ninguno de ellos se sentía enamorado, pero se querían o simpatizaban de tal forma que pensaron en el matrimonio. También se da el caso de que se enamora una de las partes y la otra simplemente acepta la propuesta de matrimonio.

Yo comparo la etapa del enamoramiento con el florecer del árbol frutal. Hay árboles, como el almendro que se visten de flores antes de que aparezcan los frutos sobre sus ramas. Si las flores no dejaran el lugar a la fruta, ese almendro sería estéril y el dueño no dudaría en cortarlo y reemplazarlo por otro. Así lo dice la historia de la higuera del Evangelio (Lc 13, 6-9).

El enamoramiento sería el primer acto de la historia del matrimonio, como lo describo más en detalle en mi libro Vida Conyugal. Al enamoramiento sigue el compromiso matrimonial, que sabrá traducir ese sentimiento dulce del amor en experiencias de vida, motivadas por el amor y realizadas con amor.

Al valorar la importancia de seguir enamorados a lo largo de los años, habrá que considerar y respetar la sensibilidad afectuosa de cada persona, de cada cónyuge. A veces, la diferencia que se da al respecto entre hombre y mujer causa problemas. El hombre, al evolucionar en su relación amorosa matrimonial, frecuentemente deja de ser romántico y pasa al segundo momento o acto de la historia del matrimonio: el amor práctico. El amor que lo trata de manifestar en la vida: en las relaciones de convivencia, de preocupación por el/la cónyuge, en cuidar fielmente de las necesidades de la familia, en salir juntos al cine, de paseo o de viaje y en la procreación y cuidado atento de los hijos.

Lo que el almendro no puede conseguir: conservar las flores y producir almendras, sí se puede conseguir en el matrimonio, es decir, seguir enamorados durante los años del matrimonio. Pero como en el caso del almendro, si no sucede así, la madurez de ambos cónyuges deberá aprender a valorar los frutos del amor romántico de un tiempo: el amor práctico de cada día, encarnado en la convivencia cariñosa y solícita, fiel y comprensiva, paciente y alegre.

En esta etapa la comprensión mutua debe jugar un papel importante y diario para poder ponerse en el lugar del otro/otra, y tratar de complacerse a veces y de tenerse paciencia en otras ocasiones. Siempre es bueno recordar al respecto el himno de san Pablo a la caridad en su Carta a los Corintios capítulo 13.

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Autor: P. Jesús Ma. Bezunartea, Capuchino

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