Aniversario Sacerdotal XXV de Pbro. Salvador Flores Pérez

XXV Aniversario Sacerdotal del Pbro. Salvador Flores Pérez
TUXTEPEC, OAXACA
 
Querida familia de Encuentro Matrimonial, les compartimos con gran alegría la celebración del XXV Aniversario Sacerdotal de nuestro muy querido Padre Chava, como todos aquí en nuestra hermosa ciudad de Tuxtepec lo conocemos.
Que Dios lo llene de bendiciones, gracias por su Amistad, cariño y consejos.
                  
Excelentísimos Señores Obispos: Don José Antonio Fernández Hurtado, Obispo titular de la Diócesis de Tuxtepec, Don José de Jesús Castillo Rentería, Primer Obispo y ahora Obispo emérito de de nuestra diócesis, mejor digo gracias a Dios aún en nuestra Diócesis, dándonos ejemplo y testimonio de entrega; muy queridos hermanos en el sacerdocio, familia, que se ha dado un espacio en medio de sus actividades, para que como hace 25 años puedan acompañarme y compartir un momento tan especial para mí; hermanos todos en el Señor.
Agradezco infinitamente que se hayan dado tiempo para acompañarme en esta celebración de acción de gracias por 25 años de vida sacerdotal, que con sus dificultades y satisfacciones, Dios me ha concedido celebrarlo, compartirlo, vivirlo con todos ustedes; acción de gracias que me invita a decir tres palabras: Gracias, perdón y ayuda.
Gracias porque el Señor se fijó en mi persona para llamarme en primer lugar, para formarme y clarificar mi respuesta a esa invitación que me estaba haciendo para seguirle, llamado que tubo sus momentos: desde que salí de la primaria y mientras estudiaba la secundaria en que manifesté mi deseo de ingresar al seminario, a lo que siempre escuchaba una respuesta de: espérate, después podrá ser, quizá, no es enchilame otra, e incluso un si te vas al seminario olvídate que tienes padre, pero a pesar de todo pude ingresar al seminario. Primero al seminario de Toluca, después de ir caminado hacia el de Morelia. Dios tenía sus planes.
Gracias porque me concedió tener la familia que tengo, soy el segundo hijo de don Chava y doña Efigenia, que en Gloria están de eso estoy seguro, el segundo de 10 hijos que procrearon cuidaron y educaron para que cada uno siguiera su camino y así realizar su vida. Creo que desde pequeño fui el que les sacó más canas, por lo inquieto, travieso y… un poco más. Es por eso que ahora desde aquí y se que están gozando este momento con nosotros, a ellos a mis padres: tengo que decirles gracias por su paciencia y comprensión, por su silencio, y sus palabras y una que otra reprensión; con lo que me ayudaron a ser lo que soy. Gracias a mis hermanos que me han apoyado siempre y en cada momento.
Gracias porque después de un largo período de formación, tras un recorrido serio de crecimiento cristiano, humano y pastoral, en distintos seminarios, les decía empezando por Toluca, después Tlanepantla, Guadalajara y finalmente en León, pude presentarme ante mi Obispo Castillo, como de cariño le decimos, para recibir la imposición de sus manos.
Gracias porque Dios me concedió dar una respuesta en el espíritu interior, una respuesta solemne, por lo que fui ordenado sacerdote.
A lo largo de estos años he ido descubriendo que he sido ordenado sacerdote para salvar, para curar un mundo gravemente enfermo, doliente, con muchas enfermedades, siendo testigo del amor misericordioso de Jesucristo. Fui ordenado para dar gloria a Dios todos los días de mi vida, condición para que haya paz en la tierra.
Y como no dar gracias a Dios si fui ordenado para ser unificador, reunir a los hombres dispersos, a los hombres enemigos de Dios y enemigos entre sí, a los hombres quebrantados en su familia humana. Como sacerdote he de ser sobre todo un "congregador", creador de comunión y de unidad entre los fieles. Debo ser el hombre que, en nombre de Jesucristo, reúne ricos y pobres; todos los días he de crea unión.
Agradezco a Dios que me valla haciendo conciente que solo será por su Palabra; no la mía, sino la Palabra de Dios. Y aquí está la grandeza de sacerdocio: saber prestar mi pobre palabra humana para encarnar la Palabra de Dios.
Por esta razón veo que el sacerdote es un hombre que debe todos los días mantener un contacto profundo, una intimidad creciente con la Palabra de Dios. Es necesario que a cada hora del día, si alguien busca un sacerdote, lo encuentre, con la Palabra de Dios en el corazón y en los labios, capaz de transmitir esa Palabra.
Así y solo así podré ser pastor, esto es, conducir a las personas, ancianos y jóvenes, adultos y niños, pobres y ricos, hombres eruditos y analfabetos, hombres que tienen ya un sentido de Dios y hombres que dudan o que ignoran, etc., a todos los debo conducir, según la imagen dada por Jesucristo, conociendo las ovejas, llamándolas por su nombre, orientándolas para defenderlas contra el lobo y, cuando sea necesario, sufrir para salvar la vida de las ovejas. El buen pastor es aquel que, entre las dudas, la ignorancia, los temores, las angustias del mundo contemporáneo, da una palabra de seguridad; no divide, para preservar otras ovejas. Da, más bien, la palabra de la verdad.
Creo que he de agradecer principalmente el ser instrumento de santificación del pueblo de Dios. Santificador por los sacramentos que administro, sobre todo, por el Bautismo y la Eucaristía. El Concilio Vaticano II, para definir al sacerdote, lo llama creador de comunión, de comunión eucarística, de comunión de espíritus.
Para mí todos los días de mi vida sacerdotal he tenido presente que la Eucaristía es la obra principal de mi jornada. En muchas ocasiones me han preguntado en los medios de comunicación: "¿cuál es la hora más importante de su vida de sacerdote?" ¿Cuál es el momento en que más se siente realizar su misión? Y yo contesto: es siempre la hora en que estoy en el altar para celebrar la Eucaristía que Jesús puso en mis manos".
Todo lo anterior que he expresado, es la razón de mí acción de gracias a Dios, ya que me ha dado la oportunidad de ser conciente de que es Dos quien me ha elegido, como lo hemos proclamado en su palabra:
“No me han elegido ustedes a mí, sino que yo os he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca”
“Yo los he elegido a ustedes”: se me presenta como la primacía de la gracia y seguro el centro de mi acción de gracias en este día, pues se que mi vocación viene de Dios, es un don de Dios, y es lo que me ha dado la oportunidad de vencer la tentación que se me ha presentado muy a menudo: el pensar que los resultados dependen de mi capacidad. Ciertamente, Dios me pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, me invita a utilizar todos los recursos y capacidad en el servicio a la causa del Reino. Pero no he de olvidar que, sin Cristo, «no puedo hacer nada».
“Dios me pide, podría decir mejor, nos pide una colaboración real a su gracia”, pero sin Cristo “no podemos hacer nada”. “Todo proviene de Dios” (cf 2 Cor 5, 17-18). La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: La llamada a ser partícipes de la naturaleza divina: “nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas nos hiciéramos partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4).
San Agustín nos dice: “Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no podemos hacer nada. (S. Agustín, nat. et grat. 31)”.
Por todo lo dicho hasta el momento tengo que decir gracias Dios, que me ha llamado para estar con Él. Quiero agradecer a Dios haya puesto en mi camino personas, laicos y consagrados que me han impulsado para seguir adelante, que siempre me dicen, usted tiene que ser sacerdote grande y responder a ese amor que Dios le tiene. Animándome, retándome a ser mejor e impulsandome a seguir siempre adelante.
Pero también quiero pedir perdón.
Perdón porque se que no he sabido responder a la gracia que Dios me ha dado, porque en muchas ocasiones no he respondido adecuadamente a los dones que me ha dado y no he puesto todo lo que soy para servirle
Perdón porque creo que no he estado como debería con mi familia, he sido muy desapegado de ella, desde que vivían nuestros padres y ahora también, pues soy conciente que en donde primero he de ser medio de unidad es en el ceno familiar y no lo he sido.
Perdón a mis obispos, don José de Jesús Castillo, porque a pesar de la gracia que Dios me concedió por la imposición de sus manos, creo que no colabore en su momento dando todo lo que soy y ahora poco he estado con usted. Con don José Antonio no he podido, se bien, dar todo de mi para lograr el ideal que con su lema nos ha propuesto, que todos seamos uno.
Perdón a mis compañeros sacerdotes, los mayores porque los he abandonado, los de mi edad porque no los he comprendido y a los jóvenes por no saberlos acompañar en su caminar sacerdotal.
Perdón a las personas que con mi trato no he podido llevar a Dios y más bien he sido un obstáculo.
Perdón a todos, pues con mis omisiones no he podido responder al llamado que Dios me ha hecho y tampoco he cumplido cabalmente con la misión de ser el sacerdote que Dios quiere.
Pero viene lo mejor, y digo que viene lo mejor, pues esta celebración quiero que sea como el parte aguas, para continuar con mi vida sacerdotal, ahora con más empeño y ante todo con la ayuda de Dios y de ustedes poder responder al llamado que Dios me esta haciendo, pues sé que el llamado es continuo, y la respuesta ha de ser diaria, a cada momento, para así ser testigo del amor de Dios y lograr que esta generación viva llena del amor de Dios.
Por eso pido ayuda.
Pido ayuda porque los superiores pidieron ante Dios que se me ordenara presbítero para el servicio de Cristo y de la Iglesia en un momento muy especial de la historia. El tiempo que vivimos tiene impreso el signo de una profunda y dramática contradicción.
Un mundo de desequilibrios, de contradicciones, de provocaciones en los aspectos más esenciales de la vida humana y de la vocación del hombre.
Ayuda porque se que es para este mundo para el que he sido ordenado sacerdote; para el servicio humilde de este mundo para el que se me impusieron las manos.
Ayuda pues este mundo es también, bajo el aspecto religioso, un mundo de contradicciones y de desequilibrios. Sabios, estudiosos de la historia, aun los más importantes, los más atinados, nos dicen que este milenio será profundamente religioso, profundamente místico. Pero, ¿qué religión, qué mística será?
Podemos constatar cuánta superstición, cuánta imagen falsa o incompleta de Dios, cuánto sentimiento, que yo no me atrevería a llamar religioso, porque no es un sentimiento que lleva a un Dios único, vivo y verdadero, sino que lleva a innumerables formas falsificadas de Dios.
Por eso pido ayuda, porque al igual que en el tiempo de Jesús como leemos en el Evangelio hay un momento en que los griegos se acercan a los apóstoles y les dicen: "queremos ver a Jesús". Eso mismo es lo que dicen todos los hombres de hoy. Quizás no lo saben, quizás no se les oye, pero dicen: "queremos ver a Jesús". Se bien que en este tiempo y en estas circunstancias me corresponde mostrar a Jesús.
Quiso el Señor que fuera sacerdote de esta amadísima Diócesis de Tuxtepec, Oax., pero a pesar de eso, se que, debo estar al servicio del mundo, para dar gloria a Dios, para redimir la humanidad, para ofrecer la palabra de Dios, para brindar la oportunidad de santificación, para ser pastor y conductor de almas, para ser padre espiritual que todos los días de la vida por sus ovejas.
Pido a Dios me conceda, seguir siendo un “ministro de la gracia”, ser cada día más consiente de que he recibido de Cristo la misión y la facultad de actuar en su persona (in persona Christi Capitis), precisamente porque sin Él no puedo hacer nada. Tengo que ser conciente que he nacido de la gracia y destinado a ser “ministro de la gracia”. He aquí la razón última de mi ser y de m actuar.
Nacido de la gracia, porque la llamada de Dios es primero. La vocación sacerdotal nunca es un derecho del hombre, ni es un simple proyecto personal, ni una promoción meramente humana. Jesús llamó a los que Él quiso (Mc 3, 13).
La conciencia de la llamada como gracia ha de provocar en mí “una gratitud admirada y conmovida, una confianza y una esperanza firmes”, porque se que estoy apoyado no en mis propias fuerzas, sino en la fidelidad incondicional de Dios que llama (cf PDV 36).
Es la gracia la que sostiene la libertad del hombre, sanándola y elevándola, para poder abrirse y acoger el don de Dios; para abrirse y acoger, libremente, la llamada en la oblación, la generosidad y el sacrificio. Ahí es donde se sitúa la raíz más profunda de la libertad. Jesucristo, el hombre libre por antonomasia, el primero de los llamados, responde a la voluntad del Padre con la oblación, la generosidad y el sacrificio: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10, 5.7).
Por eso pido ayuda, para poder responder así, pero no solo en este momento sino los días que Dios me permita seguir en su servicio.
Pido ayuda par tener presente siempre mi identidad de sacerdote, ministro de la gracia.
Pido ayuda para no olvidar que el ministerio sacerdotal se descubre al celebrar la Santa Misa. Por medio de este sacrificio, Cristo derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia. No es una obra nuestra, sino obra de Dios. Es Cristo mismo, sumo y eterno sacerdote de la nueva alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también Cristo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio.
Hace unos días al visitar algunos amigos sacerdotes en Guadalajara, especialmente al encontrarme con el P Memo, me comento como en su enfermedad e imposibilidad que se encuentra, pasa unas 5 horas confesando y eso me ha sacudido y retado, por eso pido ayuda para que intercedan ante Dios, para ejercer el sacramento del perdón con toda dignidad, pues algo análogo, a lo de la Celebración de la Santa Misa tiene lugar con el Perdón. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Por eso, Jesucristo, que es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2, 10). Y Él confiere este poder a los hombres, para que lo ejerzan en su nombre. Es Dios mismo el que, a través del ministro ordenado, exhorta y suplica: “Déjense reconciliar con Dios”.
En el sacramento del Perdón, el sacerdote es signo e instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador. Nunca es dueño, sino sólo servidor del perdón de Dios. Se da, en el ejercicio del ministerio de la confesión.
Finalmente suplico a Dios me conceda ser conciente de verdad proclamada en el Evangelio: “Y los he destinado para que vayan y den fruto, y que vuestro fruto permanezca...”
La llamada y la consagración no pueden separarse del envío, de la misión. Esta misión es la misión apostólica de representación de Cristo, como verdadero sacerdote suyo, para anunciar el Evangelio, para apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino. Es para lo que he sido ordenado.
Para ir y dar fruto es necesario saber en calidad de qué se va, por quién se es enviado y para qué se es enviado. La finalidad de la misión coincide con la identidad del enviado: soy destinado a llevar la gracia de Dios a los hombres, para que puedan salvarse, y soy, en vistas a ello, ministros de la gracia.
El Papa Juan Pablo II, nos exhorta a los sacerdotes a “celebrar, enseñar y servir de modo especial el Evangelio de la esperanza”, prolongando “la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado”. Estas palabras de su Santidad, ahora beato Juan Pablo II constituirá una excelente ocasión para realizar un examen de conciencia, que me impulse, mejor dicho que nos impulse a todos a reavivar la gracia inconmensurable de la llamada y del envío, para que “vayamos y demos fruto, y nuestro fruto permanezca”.
Quiero terminar con una frase que he acuñado y repetido a lo largo de mis años de sacerdocio, especialmente en fin de año y en verdad en este momento se los digo de todo corazón, a mis obispos; a mis compañeros sacerdotes; a mis hermanos, cuñados, sobrinos y toda la familia, así como a todos los fieles que me han hecho feliz al compartir esta Eucaristía conmigo, y esa frase es:
“No soy gran cosa, pero soy todo lo que tengo y estoy para servir a todos”
Después de la Eucaristía se llevo a cabo un gran festejo en el cual hubo música, bailables, una exquisita barbacoa, y la presencia de Sr. Felipe Matías Velasco virtuoso amante de Tuxtepec, cronista costumbrista y artesano, el cual dedico algunas de sus picarescas poesías a nuestro muy querido padre Chava.
Muchas felicidades Padre y que vengan otros años más.